Campus AENOR
23 de diciembre de 2025Microcredencial Universitària de Disseny i Posada en Marxa d’Assaigs Clínics (02 ECTS)
28 de enero de 2026¿Cómo impacta la urbanización en la biodiversidad y el comportamiento de los insectos polinizadores?


¿Cómo impacta la urbanización en la biodiversidad y el comportamiento de los insectos polinizadores?
27/01/2026
En colaboración con el CSIC. La expansión urbana reduce la biodiversidad y modifica el comportamiento de los insectos polinizadores, con efectos directos sobre los ecosistemas y la seguridad alimentaria.
Aunque las áreas urbanas ocupan una proporción relativamente pequeña de la superficie terrestre mundial, la urbanización constituye una de las formas más intensas de transformación del hábitat y de pérdida de biodiversidad. Sus efectos negativos no se limitan a la reducción local del número de especies, sino que incluyen profundas alteraciones de las interacciones ecológicas y la pérdida de servicios ecosistémicos. En este contexto, la urbanización se reconoce como uno de los principales factores implicados en el declive global de los polinizadores, un grupo clave para el funcionamiento de los ecosistemas. Además, afecta no solo a la biodiversidad, sino también al comportamiento de los polinizadores, a menudo de manera compleja y en un grado que depende del grupo taxonómico específico.
La polinización es un proceso ecológico clave: cerca del 90 % de las plantas con flor y alrededor del 75 % de los principales cultivos alimentarios dependen de animales para producir frutos y semillas. Este servicio ecosistémico, valorado en cientos de miles de millones de euros anuales, sostiene la seguridad alimentaria y el bienestar humano. El declive de los polinizadores ya reduce rendimientos agrícolas, aumenta costes y favorece la expansión agrícola, por lo que es urgente impulsar su conservación.
Impactos sobre la biodiversidad
La urbanización transforma de manera profunda y a menudo irreversible los hábitats naturales, con consecuencias directas para la biodiversidad de los polinizadores. La sustitución de la vegetación natural por superficies pavimentadas y edificadas reduce drásticamente la disponibilidad de flores, refugios y lugares de nidificación, al tiempo que favorece una homogeneización biológica dominada por especies alóctonas. A ello se suman los cambios en las condiciones ambientales propias de las ciudades, como la aparición de “islas de calor”, la contaminación lumínica, del aire y del suelo, así como una mayor exposición a pesticidas y a la mortalidad por colisiones. Este cóctel de presiones tiende a disminuir la abundancia y diversidad de polinizadores clave —abejas, abejorros, avispas, mariposas, sírfidos o polillas—, especialmente en las zonas más densamente urbanizadas.
No obstante, el impacto de la urbanización sobre los polinizadores no es uniforme, porque las ciudades son entornos muy heterogéneos. La intensidad del desarrollo y el tipo de espacios verdes afectan de forma distinta a cada especie: muchas especializadas desaparecen, mientras que generalistas como la abeja de la miel o algunos abejorros pueden beneficiarse, sobre todo en condiciones urbanas más cálidas y secas. Las plantas ornamentales, a menudo alóctonas, a veces aportan recursos florales continuos, pero en otros casos ofrecen poco néctar o polen o florecen fuera del periodo de actividad de los polinizadores, alterando la composición de sus comunidades.
La fragmentación del hábitat es uno de los principales efectos de la urbanización sobre los polinizadores, ya que los espacios verdes urbanos suelen ser pequeños, dispersos y aislados. Esta configuración limita el movimiento a través del paisaje urbano y reduce el flujo genético entre poblaciones, aumentando el riesgo de aislamiento, endogamia y extinciones locales, especialmente en especies con baja capacidad de dispersión. Además, los recursos clave —como los lugares de nidificación y las fuentes de alimento— se distribuyen de forma muy desigual, concentrándose en parques y jardines y estando ausentes en amplias zonas urbanizadas. Esta heterogeneidad obliga a los polinizadores a recorrer mayores distancias, incrementando los costes energéticos y la exposición a riesgos, y favoreciendo a especies más móviles y generalistas en detrimento de las especializadas.
En las áreas urbanas, las redes planta-polinizador suelen ser más simples y menos especializadas que en entornos naturales, con predominio de especies generalistas y menos interacciones, más homogéneas. Esto puede reducir la eficiencia de la polinización, especialmente en plantas dependientes de polinizadores específicos, y aumentar la vulnerabilidad de las redes a patógenos. La alta concentración de polinizadores en espacios verdes limitados favorece la transmisión de enfermedades, un riesgo que se acentúa con la presencia de abejas melíferas manejadas, que pueden actuar como reservorios y vectores hacia especies silvestres. Además, las elevadas densidades de especies generalistas intensifican la competencia por recursos, desplazando a polinizadores más especializados y contribuyendo a la homogenización y pérdida de diversidad funcional en los ecosistemas urbanos.
Impactos sobre el comportamiento
La vida urbana obliga a los polinizadores a modificar su comportamiento. La fragmentación de los recursos florales les hace recorrer mayores distancias para alimentarse, con un mayor gasto energético y una menor eficiencia en el forrajeo. Algunas especies logran adaptarse mostrando flexibilidad, incluso ajustando sus horarios de actividad para evitar el calor o la presencia humana, mientras que las más especializadas suelen quedar en desventaja.
Las estructuras urbanas, como edificios y carreteras, dificultan la orientación y navegación de los polinizadores al interferir con las señales visuales que utilizan muchas especies, especialmente aquellas que dependen de la luz o de patrones de luz polarizada, como abejas y mariposas. A ello se suman las islas de calor urbanas, que elevan las temperaturas y generan desajustes fenológicos entre la floración de las plantas y la emergencia de los polinizadores. Además, la contaminación urbana —química, atmosférica, sonora y lumínica— añade una presión extra al afectar su fisiología, percepción y comunicación, alterando de forma profunda su comportamiento y supervivencia en las ciudades.
El uso de plaguicidas en zonas verdes urbanas —herbicidas, insecticidas y fungicidas— puede tener efectos directos y acumulativos sobre la supervivencia y el comportamiento de los polinizadores. Incluso a dosis bajas, estas sustancias afectan su sistema nervioso, reducen la capacidad de aprendizaje y orientación, y alteran comportamientos clave como el forrajeo y la comunicación entre individuos. Además, la eliminación de plantas “no deseadas” disminuye la diversidad floral, limitando las fuentes de néctar y polen. La exposición repetida a distintos químicos a lo largo del ciclo de vida puede debilitar a las poblaciones, haciéndolas más vulnerables a enfermedades, al estrés térmico y a otros impactos propios de los entornos urbanos. La contaminación atmosférica, procedente del tráfico y de la actividad industrial, también afecta a los polinizadores. Los gases y partículas interfieren con las señales químicas de las flores, dificultando la localización de recursos, y la deposición de contaminantes sobre hojas y flores puede alterar la calidad del néctar y el polen. La inhalación o el contacto con estas partículas provoca estrés fisiológico, reduce la longevidad y debilita el sistema inmunitario de los insectos, disminuyendo así la eficiencia de la polinización y amplificando otros impactos urbanos negativos.
La contaminación sonora y lumínica completa este panorama. El ruido crónico altera el comportamiento y la comunicación de los polinizadores, reduce el rendimiento reproductivo y provoca que muchas especies eviten las zonas más ruidosas, aumentando la fragmentación y cambiando su distribución dentro de la ciudad. Por su parte, la luz artificial nocturna interfiere con el desarrollo, la movilidad, el forrajeo y la reproducción, aumenta la vulnerabilidad a depredadores y altera los ritmos circadianos al suprimir hormonas como la melatonina, afectando especialmente a insectos inmaduros y especies nocturnas. La contaminación lumínica reduce además la polinización nocturna, limitando las visitas a las flores y perjudicando la reproducción de las plantas.
En conjunto, estos factores muestran cómo la urbanización no solo reduce el espacio disponible para los polinizadores, sino que también altera de manera sutil pero profunda su comportamiento, fisiología y eficiencia en los ecosistemas urbanos.
Medidas necesarias para favorecer a los polinizadores en ambientes urbanos
Contrariamente a la idea de que las ciudades son entornos hostiles para la naturaleza, numerosos estudios muestran que las zonas urbanas pueden albergar una notable diversidad de polinizadores, incluso superior a la de algunos paisajes agrícolas intensificados. Esto ha impulsado iniciativas de conservación y restauración urbana, donde un desarrollo sostenible que preserve y conecte espacios verdes supone una gran oportunidad para la biodiversidad. Jardines, parques y otros espacios verdes actúan como refugios al ofrecer alimento y lugares de reproducción. Deben, por tanto, diseñarse para formar redes interconectadas que mejoren la calidad del hábitat y favorezcan el flujo génico y la conectividad entre poblaciones. Medidas sencillas, como plantar flores atractivas para los polinizadores, instalar estructuras de anidación o usar vegetación nativa en calles y carreteras, han demostrado ser eficaces para fomentar comunidades ricas y funcionales, especialmente de abejas. Además, minimizar el uso de pesticidas en zonas verdes evita impactos directos sobre los insectos, mientras que mitigar la contaminación lumínica ajustando intensidad, tipo y espectro de la luz (por ejemplo, con LEDs rojos o ámbar) reduce su efecto sin comprometer la seguridad. Integrar estas medidas en la planificación urbana mejora rápidamente la supervivencia de los polinizadores y convierte a las ciudades en aliadas de su conservación. Junto a estas acciones, es clave implementar programas de seguimiento que evalúen tanto la abundancia como la composición de las comunidades urbanas.
A nivel individual, las personas pueden apoyar mucho a los polinizadores creando hábitats favorables y cambiando la percepción social sobre los insectos, reduciendo así amenazas directas y reforzando su valor ecológico y cultural. Entre las medidas más efectivas están convertir parte del césped en vegetación natural con flores silvestres, plantar especies nativas y minimizar el uso de pesticidas y herbicidas, así como limitar la iluminación exterior nocturna, usar detergentes biodegradables, participar en actividades educativas y implicarse en la política local para respaldar normativas de protección.